Capítulo
1: Ascenso
Jonathan salía de su casa
después de saborear un exquisito café y pan dulce como desayuno. Eran las 8am
cuando salió de su casa y miró al cielo, aún estaba oscuro. “Hoy será un buen
día” dijo, “hoy viajare en metro” se propuso. Dicho y hecho, el joven enérgico
y lleno de vida, camino a la estación del metro que no le quedaba más que a
cuatro minutos de su hogar. Al llegar a la estación del metro, compro dos
boletos. “Uno de ida y uno de regreso”, pensó. Le tomo al metro 30 minutos en
llegar a la estación de su trabajo, sin embargo, no fue tiempo desperdiciado.
Jonathan aprovecho el tiempo para escuchar su canción favorita, leer el periódico, ceder su lugar
a una anciana y mirar por la ventana como el sol iba saliendo poco a poco. Al
llegar a su estación, bajo las escaleras y encontró una moneda que tenia de
antigüedad 80 años. “¿Cuántas historias podría contarme esta moneda…” se preguntaba
a sí mismo. Después tomo un taxi en donde tuvo una charla muy amena con el
conductor, quien se atrevió a iniciar una conversación con el joven. -Hoy parece un buen día, ¿no lo cree?
-Pues, la verdad es que sí. El clima esta increíblemente cálido, más no caluroso. Y sabe, hoy encontré una moneda que tiene ya 80 años de antigüedad. Es increíble las historias que contaría si pudiera hablar ¿no lo cree?
El conductor solamente asentía con la cabeza.
-Además, no es por alardear ni nada de eso, pero hoy me darán el ascenso que tanto tiempo espere. Tenía 2 años trabajando en el mismo puesto y ayer por fin me confirmaron la noticia. Hoy seré el gerente de producción y manufactura de Pochteca. ¿Cómo la ve?
-Pues estoy muy contento por su logro, espero que este día pueda disfrutarlo en compañía de sus seres queridos. Mis más sinceros deseos de alegría tenga usted.
-Si… gracias.
Jonathan se limitó a dar esa respuesta, suspirar profundamente y mirar por la ventana.
En el trabajo, saludo a sus compañeros como era costumbre, y todo aquel que conocía lo que acontecería ese día, lo felicitó. Más tarde salió a comer con sus compañeros, en donde no se limitaron al mostrar lo orgullosos que estaban de él. Jonathan había sido citado a las 3:45pm en el despacho del director general de Pochteca. Todo iba de acuerdo al plan. En tan solo una firma de parte del director general, Jonathan era ya el gerente de producción y manufactura de una de las más grandes empresas en la historia de México. Y por supuesto, el director general le dio el resto del día libre para que celebrara como se lo merecía. Jonathan no iba a desaprovechar la oportunidad. Llamo a sus más íntimos amigos y los cito a las 7 de la noche en la casa de uno de ellos. Fue por su maletín y al salir de su trabajo, miro el cielo. Sonrió. Fue a donde rentan bicicletas. Rento una, y pedaleo hasta su hogar. “Pero… ¿Por qué detenerme aquí?” se preguntó. Decidido, Jonathan dio media vuelta y se dirigió al parque más cercano. Pedaleo por aquí, pedaleo por allá. Pensaba en el increíble día que estaba teniendo, y al mismo tiempo se alegraba al saber que el día siguiente sería mejor. Ya cansado de pedalear, regreso a su hogar y tomo un baño. Se arregló como es debido cuando vas a una reunión. Y a las 7 de la noche, ahí estaban todos. Karla y Celeste prepararon “las mejores hamburguesas que pudieron haber sido cocinadas” según Sergio. Jugaron cartas y otros juegos de mesa típicos. No falto mucho para que Carlos decidiera desempolvar su karaoke y recitar su ya tan conocida rutina de canciones y chistes. Sus amigos reían y lo apoyaban en los coros de las canciones conocidas. Jonathan, vio a un amigo que no había visto en mucho tiempo, y toda la noche tuvo ganas de hablar con él y revivir “viejos recuerdos” pero no había encontrado oportunidad para tener una plática tan personal. Mientras Carlos cantaba, Jonathan vio la oportunidad de hablar con Ricardo.
-¡Hey, Ricardo! ¿Cómo has estado? ¿Qué ha sido de tu vida? Vaya, mucho sin verte amigo.
Ricardo lo ignoro con una sonrisa un poco forzada y seguía aplaudiendo a Carlos.
-¿Ricardo? Te estoy hablando, ¿Cómo has estado?
Regina, la dueña de la casa, al ver la situación se dirigió a Jonathan.
-Jonathan, Ricardo no sabía que estaría aquí. Lo invitamos al último momento. No pidió petición… lo siento.
-Ya veo… no te preocupes, todo está bien.
Disfrutaron el resto de la noche y poco a poco se despedían el uno del otro. Jonathan les daba las gracias a sus amigos conforme estos iban saliendo de la reunión. Regina y Jonathan se quedaron limpiando lo que había sido “una noche increíble” según Carlos, quien estaba feliz por su actuación en el karaeoke. Habiendo terminado, se despidieron y Jonathan tomo un taxi a su casa.
En su casa tenía todo listo para dormir con la tranquilidad de que a la mañana siguiente no se preocuparía por buscar su maletín, o por no saber que ropa usaría o que desayunaría. Eran pasadas las 11 de la noche cuando la mama de Jonathan llamo.
-¿Hola? ¿Hijo?
-¡Hola, mama!
-Hijo ¿Ya estabas dormido? Siento llamar tan tarde pero hasta ahora paso la llamada ¿Cómo has estado?
-¡Muy bien mama! No te preocupes por la hora, aun tenia cosas que hacer ¡Qué bueno que llamaste! ¡Hace mucho que no escuchaba tu voz!
-Pues ya ves que políticas tan raras tiene la empresa y la verdad es muy tedioso hacer todo ese proceso, además de que siempre me termina confundiendo más de lo que es. Pero en fin, cuéntame ¿Qué ha sido de tu vida?
-¡Oh, mama! Me va esplendido. Hoy me ascendieron de puesto, así que ahora soy gerente de producción y manufactura de Pochteca, ¿Qué tal?
-¡Ay hijo! No sé por qué me cuentas eso… sabes lo que opino de esa empresa.
-Si mama, lo sé. Lo siento, era solo la emoción. Pero en fin, ¿cómo estás tú? ¿Cómo están mis hermanos?
-Eso será un tema que trataremos después, por ahora quiero que me digas cuando vendrás a la casa.
-Hmm bueno, yo, realmente no lo sé, y menos ahora que obtuve el ascenso… podría ser en un par de semanas o meses. No lo sé realmente pero procurare que sea lo más pronto posible.
-De acuerdo, hijo. Te estaré esperando. Ya es muy tarde, debo colgar.
-Está bien, mama. Te quie…
No termino la frase gracias a la interrupción de ese molesto sonido cuando termina la llamada. Jonathan dio un suspiro y se sentó en la cocina. Se quedó sentado hasta la media noche, contemplando la nada y preguntándose “¿Por qué...?”.
Jonathan no entendía porque sentía lo que sentía, ni mucho menos entendía porque creía que no era suyo aquello que sentía en ese momento. Como si solo sintiera empatía por alguien más. Sin embargo, aquello que sentía estaba en su mente, en su corazón, pero ¿entonces porque sentía que no era él quien sentía eso? Dentro de su mente, había una exposición de sentimientos y groserías que solo él era capaz de crear e imaginar. Estaba molesto, triste, enojado, furioso, lleno de deseos y esperanzas, sentía que el mundo debía ser suyo o de lo contrario moriría lentamente en manos del tan despreciable “padre tiempo”. Todas las ideas que rondaban en su cabeza tenían que ser ejecutadas o explotaría en un infinito grito. Pero no podía. Ya había terminado su día. Se limitó a una lágrima y a suspirar profundamente. Miro la puerta donde guardaba sus artículos de limpieza. “Es una estupidez” se dijo, y fue a dormir.
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