Capitulo 1
México, 1973, Guerrero. Don Felipe camina
por un paso lleno de lodo de la mano de su hijo, Juan de Jesús. El recorrido
era largo y el lodo en sus pies lo hacía un viaje aún más pesado. Durante el
camino solo se podían escuchar los grillos y aún se podía apreciar como la luna
se escondía para darle paso al amanecer. Juan de Jesús, con la marca del cinto
de su padre en el trasero, no dejaba de fruncir el ceño. Llegado su destino,
Don Felipe saludaba al maestro Juan Carlos mientras dejaba a su hijo molesto
frente a la entrada de la escuela rural.
-Este niño no aprende maistro Juan. Sigue con sus mugrosas ideas de
andar trabajando pal dueño de la finca en la que trabajo. No sé si por las
buenas o por las malas, pero de que va a aprender, ¡va a aprender!
-No se preocupe Don Felipe, aunque su hijo sea un poco flojo, es de
los más listos que hay en este salón.
-¡No, si de nada le sirve ser listo siendo tan imbi…ímdice…
-Indisciplinado
-¡Eso mero! Ahora escúcheme bien chamaco, usted se me va a quedar
aquí y va a ponerle atención al maistro Felipe, el que tan buena gente es que
no nos cobra ni un quinto. ¡Así que hágale caso que si no me lo surto en la
casa! ¡No quiero que vaya a andar de burro como su papa!
-No diga eso Don Felipe, usted es un hombre con mucha voluntad, y
son ustedes, los agricultores, los que realmente hacen crecer a este pueblo
para salir adelante.
-¡Ay si gueno juera maistro! Bueno, con su permiso que mi patrón me
espera en la finca, maistro. ¡Y ay te lo haiga a ti chamaco burro, más le vale
aprender que si no, ya vera como le va!
Después de ver marchar a Don Felipe, el
maestro se dirige con Juan de Jesús.
-Juanito, ayer fue la tercera vez que faltaste a clases… ¿Te pasa
algo? ¿No te sientes cómodo?
-¡Como me voy a sentir cómodo con la paliza que me dio mi papa!
-El solo quiere lo mejor para ti Juanito.
-¡¿Y porque no me deja trabajar en la finca del patrón?! ¡Eso es lo
que yo quiero!
-Tu papa te manda a esta escuela porque te
quiere ver como un hombre preparado. Un
hombre que no tenga que trabajar todo el día para llevarle de comer a su
familia. El quiero verte ser un hombre de bien.
Juanito, se limitaba a fruncir el ceño de
nuevo.
-Ay Juanito, algún día entenderás como
piensa tu padre y lo llegaras a querer tanto como lo hace tu madre… Ahora vete
a sentar que las clases están por comenzar.
Mientras que Juanito ejecutaba su infalible
cara de “no quiero aprender”, Don Felipe iba atrasado camino a la finca donde
trabajaba. El señor Horacio De la Ruiz, era el dueño de una finca donde
producían limones, jitomates, sorgo, ajonjolí… en fin, todo lo que la tierra
pudiera producir. Sin embargo, pese a poseer una buena cantidad de dinero, Don
Horacio era una persona muy tacaña y no solía mostrar respeto por sus
trabajadores. “Malditos indios ignorantes, solo sirven para estorbar” exclamaba
mientras uno de sus trabajadores pasaba cerca de él. Esa mañana, Felipe llego
media hora tarde y don Horacio no había amanecido de tan buen humor.
-‘ora, ¡¿y tú?! ¿Qué fregados vienes a hacer aquí a estas horas?
¿Qué no estás viendo que el sol ya salió? Tu hora de entrada ya paso, y ni
esperes a que te acepte aquí de nuevo, así que orale, largese pa’fuera, indio
este…
-Discúlpeme patronsito, es que vira, tuve que llevar a mi hijo a la
escuela porque…
-A ver, a ver, a ver ¿qué me viste cara de cantinero o que fregados?
No te pedí explicaciones. Te dije que te marcharas, maldito indio…
-¡Por favor, no patrón! ¡Necesito trabajar! Aunque me rebaje la
paga, pero por favor ¡no me deje sin trabajo!
-Malditos indios estos, na más porque no quiero andar lidiando con
otros como tu… pues ya orale, métase a labrar que desde hoy le pagare la mitad
de lo que recibía
-¿¡La mitad!? ¿Por qué tanto?
-Pues si lo quieres… que en este pueblucho de indios, lo que sobra
es gente para trabajar…
-No, no, no… dispénseme patronsito…
-Pues orale, ¡a trabajar!
Desafortunadamente, la realidad de Felipe
era la de muchos de los habitantes de ese pueblo. Todos trabajaban por lo
minino, aun sabiendo que sus patrones se regocijaban de dinero… No tenían
muchas oportunidades, ¿cierto? José, amigo de Felipe, mira como es regañado
Felipe por su patrón y al verlo desanimado, se acerca rápidamente a él.
-Ya no se me desanime Felipe… ya sabe cómo es el patrón… luego
pa´cabarla, hoy se levantó de malas… ya no se me agüite…
-Nombre, que me voy a andar preocupando por ese viejo tacaño… ando
pensando en mi hijo… no quiero que le toque esta vida, y el huerco ese sigue de
necio con que no quiere ir a la escuela…
-Pos ni aunque fuera todos los días y terminara la escuela, acá no
hay trabajo para él.
-Yo solo quiero lo mejor pa él, y la escuela es lo mejor que hay por
ahora.
-Pos ya le dije mi Felipe, acá no hay trabajo… deberíamos irnos a la
ciudad. Don Tenorio y su hijo ya decidieron dar el paso. Anímese mi Felipe. Don
Tenorio, usted, yo, todos con nuestras familias, así será más fácil vivir allá.
Allá esta la buena vida. Mi primo me lo dijo.
-Tú conoces a Don Tenorio, y sabes que yo no me llevo bien con ese
viejo. Y de su hijo ni hablar, es un vándalo que nada más sabe hacer arguende ¿Que no se acuerda de cuando andaba rayando
las paredes de las casas? No quiero esas amistades pa mi´jo. Además, usted
sabe que es no es la única razón por la que no dejo este pueblucho…
-Ay Felipe, ese amor solo te traerá problemas…
-Pos igual no te pregunte, así que deja de fregar y mejor pongámonos
a trabajar que don Horacio no nos quitara el ojo de encima…
Otro día laboral… Un día más para Don
Felipe. Don Felipe se convierte en burro de carga por el mínimo salario y
ahora, con el castigo de Don Horacio, por menos. Han pasado 10 años de haber
comenzado a trabajar en la finca, y sin embargo para Felipe, ha pasado toda una
vida. La vida de sus dos hijos, ha pasado frente a los ojos de otro hombre, ya
que el solo podía dedicarse a labrar la tierra de otro hombre. Otro hombre le
vende la comida a su familia para que coman, mientras que otro hombre se
encarga de que lean y tengan educación. Otro hombre es el que entretiene por la
radio, y otro hombre es el que se encarga de arreglar la tubería de su casa.
Otro hombre entrega información reciente a la puerta de su casa en periódicos y
otro hombre se dedica a hacer feliz a sus hijos en cumpleaños. Son muchos
hombres en la vida de su familia, y sin embargo, ningún hombre es el.
Por fin cae la noche y con ella, su salida. No sin antes escuchar
los regaños de Don Horacio de nuevo.
“Más te vale que mañana llegues temprano maldito indio… ¡no te
perdonare otra!” Pese a que Felipe ya estaba acostumbrado a esta clase de
gritos, seguían sin gustarle y cada vez le parecía que tenían un tono de voz más fuerte. Felipe solo
podía mirar hacia abajo y aceptar los regaños de su patrón, mientras en el
camino de regreso a su casa, solo le quedaba pensar en mil y un formas en las
que tendría su venganza. “Algún día me comprare una camioneta, de esas de la
tele, y se la vendré a restregar en toda la carota de pendejo que tiene… si,
eso hare algún día…” Ese “algún día” era lo que realmente le molestaba a
Felipe. Habían pasado 10 años, y ese día aún no se veía mas cerca.
Tras un largo camino en el cual Felipe
echaba a volar su imaginación, por fin llega a casa.
-Vieja, ya llegue…
-Ah, ya te vi... ¿quieres cenar?
-¡Claro! ¿Qué hay?
-Frijoles con tortillas…
-¿Otra vez vieja?
-Pos que le hago viejo, es lo que hay…
-Ta bueno, échamelos…
Felipe acostumbraba desayunar con su
familia, y cenar sólo. Solo eso. Dos comidas para él. Felipe miraba fijamente
como llegaba ese plato de frijoles tan prometido de su mujer. Su alegría y
apetito, solo se vio opacado por el hecho de que eran tan pocos frijoles, que
aun sin comenzar a comer, veía el final del plato. Su esposa, le dejo el plato
y le deseo provecho, mientras se iba a dormir. Cosa más que normal a media
noche. Felipe se sentía frustrado con cada cucharada que le daba a su medio
plato de frijoles. No podía concebir que incluso trabajando todo el día, y
recibiendo todos esos regaños que recibía, aun no podía ni conseguir un plato
de frijoles decente. Con frecuencia, Felipe miraba su brazo, y al observar su
color de piel, no sentía nada más que tristeza. “¿Me duele tanto lo que piensen
de mi por ser como soy, que al mirar en mi brazo, solo pienso en esto?” Eso le
hacía romper en llanto. Era normal, ver la escena de Felipe cenando sólo a
oscuras, mientras en la radio escuchaba la estación de música trovadora de Los trovadores tamaulipecos. Felipe
estaba cada vez más harto de la desigualdad social y la marginación a su
pueblo. Ojala esos fueron sus únicos problemas… Felipe se limitó a tomar un
respiro profundo, y levantar su plato.
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